Un buen día, sin que alguien lo advirtiera, una vaca se flipó. Mientras dos rancheros en tenis y cachucha asaban el cuerpo de su becerro, bañándolo con cerveza al compás de la última de Lupillo Rivera, la vaca saltó una cerca y luego otra y embistió por la espalda a los dos descuidados compadrotes. Ellos, sarazones como andaban, no ofrecieron resistencia.
Al primero, un panzón de piernas cortas, le pisó el antebrazo derecho. Y al intentar levantarse el segundo, un panzón de piernas un poco menos cortas, la vaca le pasó por encima, haciendo crujir un par de vértebras.
Ya se había cagado y meado y le brotaban mocos del susto al de las vértebras crujidas; cuando, de pronto, la vaca se lo llevó de prepo — contra el asador donde asaba al indefenso becerro.
La vaca lo vio: el panzón de piernas un poco menos cortas estaba aterrado y tan desarmado como el becerro que horas antes había sacrificado entre risotadas.
Pero se fue: le perdonó la vida: regresó al establo: los otros becerros tenían hambre.
A la siguiente mañana, un tercer ranchero en tenis y cachucha hizo acto de presencia: cortó cartucho y ra-ta-ta-ta-tá: la vaca no pudo ni ver si el panzón que disparaba era de piernas cortas o de piernas un poco menos cortas.
Poco le importaba, en realidad.
